La agenda para lograr que el FMI y el universo más amplio de instituciones financieras internacionales funcionen mejor tiene cuatro elementos vitales. Será difícil lograrlos, pero ya no es tiempo de tomar medidas a medias.
En primer lugar, es necesario mejorar radicalmente la forma de abordar los sobreendeudamientos inmanejables. La necesidad de coordinar a los prestamistas oficiales tradicionales organizados en el Club de París, las instituciones chinas y los prestamistas privados plantea nuevas dificultades. Existe un amplio consenso en que el marco común del Grupo de los Veinte para el alivio de la deuda no está haciendo lo suficiente para ayudar a los países pobres. ¿Cómo puede hacerlo, cuando, como señalan Summers y Singh, “el aumento de las tasas de interés y los pagos de bonos y préstamos significó que casi 200.000 millones de dólares salieron de los países en desarrollo hacia los acreedores privados en 2023, eclipsando por completo el aumento de la financiación de las instituciones financieras internacionales”? Los países pobres del mundo no pueden manejar los riesgos que imponen las tasas de interés más altas en los países de altos ingresos. Como bien argumentó Anne O. Krueger, entonces subdirectora gerente del FMI, en 2002, el mundo necesita un mecanismo de reestructuración de la deuda soberana. Lo necesitaba entonces. Lo necesita aún más hoy.
En segundo lugar, se necesitan muchos más recursos. Sólo así podrán el FMI y otras instituciones financieras internacionales ofrecer el tan necesario seguro contra las crisis y desempeñar su papel catalizador esencial en la financiación del desarrollo y la provisión de bienes públicos globales esenciales, especialmente un clima estable. El papel del FMI es, sobre todo, proporcionar financiación de respaldo, pero para poder hacerlo necesita muchos más recursos.
En tercer lugar, la distribución de los votos debe reflejar la magnitud de los cambios en el equilibrio de la influencia económica mundial durante las últimas cuatro décadas. Si eso no sucede, el FMI y otras instituciones financieras internacionales no serán las instituciones globales que el mundo necesita. En la actualidad, la cuota de Japón en el FMI es mayor que la de China, y la del Reino Unido es mayor que la de la India. Es posible argumentar que la posesión de una moneda convertible justifica la sobre ponderación de los países de altos ingresos, pero ese grado de desequilibrio destruye la legitimidad de la institución.
Por último, la antigua costumbre de tener un director gerente del FMI europeo y un presidente del Banco Mundial estadounidense debe dar paso a la búsqueda del mejor candidato posible de cualquier parte del mundo.
Nadie que observe el mundo de hoy puede dudar de la magnitud de los desafíos que se avecinan. Mantener instituciones globales eficaces será sumamente difícil. En una época de crecientes tensiones globales, reactivar la cooperación necesaria puede parecer una esperanza perdida, pero es la única manera de evitar que el mundo parezca aún peor dentro de cinco años.
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LAS POSIBILIDADES ECONÓMICAS DEL POLVO DE HADAS
Keynes celebró los ideales de las instituciones de Bretton Woods como una victoria del espíritu humano.
Uno de los discursos más divertidos que pronunció John Maynard Keynes en sus 30 años de vida pública fue también uno de sus últimos. Hablando entre los “velos y barbas de musgo español” en el calor de finales de invierno de Savannah, Georgia, Keynes pidió a su audiencia de economistas, abogados y diplomáticos que pensaran, por un momento, en las hadas de “La Bella Durmiente”.
Keynes se preguntaba qué se les podría pedir a esos espíritus benévolos en el “bautizo” de sus amados “gemelos” –el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional–. Keynes esperaba tres “regalos apropiados”. Primero, un abrigo multicolor que sirviera como “un recordatorio perpetuo de que pertenecen al mundo entero”. Segundo, un conjunto de vitaminas que les diera “energía y un espíritu valiente”. Finalmente, el don de “sabiduría, paciencia y gran discreción” para ganarse la confianza de los pueblos necesitados.
Aunque puede que no haya sido captada por su público, la invocación de “La Bella Durmiente” fue más que un mero capricho de Keynes; fue una alusión literaria que reforzaba lo que él entendía como el propósito fundamental de lo que se conocería como las instituciones de Bretton Woods. Antes de la adaptación cinematográfica de Walt Disney en 1959, “La Bella Durmiente” era más conocida como un exuberante ballet del compositor ruso Tchaikovsky, basado a su vez en una historia alemana de los hermanos Grimm, quienes habían tomado como base un cuento popular francés medieval. Ninguna nación podía reivindicar “La Bella Durmiente” como su instrumento o propiedad: la atemporalidad de la historia era producto de su internacionalismo.