El mundo se enfrenta hoy a peligrosas crisis que castigan a los países en desarrollo, dañan a las poblaciones pobres y vulnerables, y agravan la desigualdad mundial. Las tasas elevadas de inflación, la guerra en Ucrania, los grandes desequilibrios macroeconómicos y la escasez de energía, de fertilizantes y de alimentos han causado la desaceleración económica mundial más abrupta en 80 años, a la que se sumaron las muertes y los cierres de la economía y de las escuelas provocados por la pandemia de COVID 19. Los países de ingreso bajo y mediano ahora enfrentan un marcado aumento de los precios del gas natural y de los fertilizantes y la peor crisis alimentaria en una década, al tiempo que se esfuerzan por lograr avances para satisfacer sus necesidades de desarrollo a largo plazo, como el suministro de agua potable, el acceso a la electricidad, las habilidades de lectura, la infraestructura de calidad y las inversiones relacionadas con el clima.
En la lucha mundial por aliviar la pobreza y elevar los niveles de vida, es probable que 2022 sea uno de los peores años en décadas. La mediana del ingreso real ha disminuido aún más en muchos países, y los trágicos retrocesos en el desarrollo producidos durante la pandemia se han profundizado. En la edición de junio de nuestro informe Perspectivas económicas mundiales, se puso de relieve el riesgo de estanflación y la concentración del daño en los pobres. La desigualdad es un factor importante de desestabilización: los capitales y los ingresos mundiales se asignan principalmente a los países de ingreso alto debido a sus decisiones sobre política fiscal, monetaria y regulatoria. Se prevé que la desigualdad empeorará en los próximos años, por lo que los objetivos de desarrollo quedarán fuera del alcance de muchos países.